Me estaba esperando a la salida de la Universidad donde había ido a recoger unos papeles. Tal y como habíamos acordado ella estaba allí, sentada en un banco en medio de la plaza, probablemente siguiendo las evoluciones de un grupo de skaters que hacían todo tipo piruetas con sus monopatines. Llevaba una falda relativamente corta, de ropa tejana, que con las piernas entrecruzadas aún resaltaban más sus firmes piernas que llamaban poderosamente la atención. Pero no parecía que éste fuera el interés de los acróbatas patinadores, más atentos a la presencia de la guardia urbana velando siempre por el cumplimiento de las ordenanzas municipales.
Me acerqué por detrás, sin que me viera, y suavemente deposité mis manos sobre sus espaldas cubiertas por una cazadora tejana de conjunto con la falda. Ella no se movió, como si no hubiera notado mi presencia. Continuaba observando el espectáculo gratuito que tenía delante, amenizada de vez en cuando por las carreras de un grupo de vendedores ambulantes que paraban y recogían las paradas-manta a una velocidad digna de elogio, según si presumían, ellos también, la presencia de los agentes policiales.
Empecé con unos pequeños movimientos de presión, friccionando con los dedos al estilo de un masaje de cervicales. Carla tensó un poco el cuerpo, con un leve suspiro, y se acomodó sin darse la vuelta. Pronto empecé a comprobar que la rigidez de la ropa tejana no era la superficie más adecuada para deslizar los dedos en aquel masaje improvisado, y decidí desplazarlos hacia el cuello. Ahora podía mover los pulgares presionando en sentido ascendente, tal y como había visto que lo hacían los masajistas profesionales. Percibía la calidez de su piel, relajada, y ella respondía con pequeños movimientos de cabeza que reflejaban un estado placentero. No pude resistir la tentación y besé delicadamente su cuello, prolongando el contacto de mis labios que se desplazaban hasta el lóbulo de la oreja.
- ¡Ah! ¿Eres tú? – Exclamó Carla dándose la vuelta aparentando que la había sorprendido.
No supe cómo interpretar aquella duda sobre mi autoría de las caricias que ella había aceptado complacida. En una posición forzada, desde detrás del banco, nos besamos, y enseguida se levantó invitándome a pasear. En aquellos momentos, la huída de los skaters y de los subsaharianos con el fardo en la espalda era la definitiva: dos patrullas de la policía se habían apostado justo frente la entrada del metro.
Nos dirigimos hacia la Ronda de Sant Antoni. Ella me sujetaba por la cintura y yo le puse el brazo sobre sus espaldas. No teníamos ningún plan preconcebido, simplemente caminábamos hablando de lo que habíamos hecho durante los últimos días. De pronto, percibí que Carla me sujetaba con fuerza, buscando un contacto más directo, arropándose hasta pedirme un beso, ahora más intenso, que delataba una cierta pasión o como mínimo el deseo de comunicarme que estaba conmigo.

No me había dado cuenta, pero la hilera de chicas que con actitudes provocativas asediaban a posibles clientes había despertado en Carla una sensación de incomodidad. Sólo tuve que mirarle los ojos para leer en ellos su voluntad de salir de allí, así como otro deseo que afloraba desde su interior. Sin más comentarios, nos desviamos por una de aquellas callejuelas hasta llegar hasta la entrada de la Paloma. No parecía que a Carla le extrañara el lugar. En cuanto entramos, un joven perfectamente vestido, y la verdad que más apuesto y atractivo que yo, nos acompañó a una de las habitaciones, con toda discreción y sin necesidad de decir nada. No tuve tiempo ni para pedir a Carla si quería tomar algo. El hombre había desaparecido y ella me abrazaba por la espalda.
En la habitación, de un diseño muy simple pero moderno, no había apenas mobiliario: la cama, una mesita y una silla. Poco más necesitaban los clientes de aquel establecimiento. Quería sacar la chaqueta de Carla, pero ella misma me lo impedía atareada como estaba en desabrocharme los botones de la camisa. Acerqué mis labios a los suyos incrementando poco a poco la intensidad del beso, hasta que dejamos paso a las lenguas que ansiaban intercambiarse sensaciones y sabores. Su chaqueta, ahora sí, cayó al mismo tiempo que mi camisa, y sus manos tanteaban mi cuerpo queriéndolo abarcar por completo. Percibía su respiración cada vez más acelerada, un temblor que se apoderaba de su cuerpo y un deseo incontenible que la condujo a morderme los labios.
No sé si me lastimó, pero sí que me transmitió un ardor como hacía tiempo que no sentía. Quería abrazarla con todas mis fuerzas, pero se me escapaba de las manos. Sus labios fueron descendiendo por el cuello hasta llegar a mis pezones. No recordaba habérselo comentado ni lo habíamos experimentado en otras ocasiones, pero enseguida se dio cuenta de lo mucho que me excitaba que me chupara esa parte del cuerpo. Mientras su boca se aferraba a mi pecho, las manos se apresuraban a levantarse la camiseta por encima de los pechos. Aquí, tuvo que interrumpir la voracidad succionadora, y dejo que la ayudara a quitarse la ropa que cubría sus senos.
No llevaba sujetador, y no esperé a que se hubiera quitado la camiseta para lanzarme sobre ella hasta el punto de hacerle perder el equilibrio cayendo e espaldas sobre la cama, y yo encima. Me reí al verla con la cara cubierta y los brazos inmovilizados por la camiseta que se había quedado a medio camino. Le pedí que se mantuviera en aquella posición para recrearme con aquel cuerpo que se me ofrecía pletórico. Los dedos recorrían casi sin tocarla aquella piel suave, provocándole estremecimientos de placer y de excitación. Dibujaba círculos concéntricos entorno a sus pezones que rosados y endurecidos ya, apuntaban al aire. Jugué un poco con la lengua, mientra oía sus primeros suspiros amortiguados por la camiseta que aún cubría su rostro. De los pechos bajé hasta el ombligo, momento que aproveché para tomarla por las piernas y separarlas un poco más.
Al fin ella se había liberado de la camiseta y no parecía dispuesta a mantenerse en aquella posición pasiva. Agarrándome por los brazos me abalanzó sobre ella para besarme de nuevo. Ahora apreciaba sus pechos comprimidos por mi peso. Rápidamente inició el gesto de desabrocharme el cinturón, y yo mismo acabé de desnudarme casi sin deshacer mis labios de los suyos, que buscaban el máximo contacto posible. Ella se quitó la falda i las bragas que salieron volando hacia cualquier esquina de la pequeña habitación.
Habría sido difícil para cualquier cámara que habiera querido registrar aquellos momentos de pasión, seguir el ritmo de nuestras caricias que se habían convertido absolutamente anárquicas y sin control. En pocos segundos pasábamos de una a otra posición, resiguiendo todos los rincones que nuestros empapados cuerpos, extremadamente sensibles al más pequeño estímulo. En un determinado momento nos encontramos en un perfecto sesenta y nueve, yo saboreando su sexo que pedía a gritos ser penetrado y ella engullendo el mío con avidez. Mi lengua se detenía juguetona en el clítoris, y se adentraba entre los pliegues de sus labios vaginales para profundizar hasta donde le era posible en aquella cueva de placer que poco faltaba para ser saciada completamente.
Pocas palabras nos habíamos cruzado hasta entonces, pero ahora todas habían resultado en demasía. Suspiros, gritos y gemidos de excitación se sucedían en una desenfrenada carrera para llegar a la plenitud de nuestros cuerpos. Las manos y las lenguas, descontrolada, reseguían hasta los más recónditos rincones deteniéndose tan sólo, y por breves instantes, cuando percibían que la caricia provocaba en el otro un novo estremecimiento de placer. Finalmente, nuestros sexos encontraron el acoplamiento que desde hacía un buen rato habían conseguido nuestros cuerpos, y explosionaron violentamente en un orgasmo indescriptible.
No és fácil recordar los detalles de aquellos momentos en que uno pierde la cabeza y el sentido de la existencia. Dejamos pasar aún unos largos minutos antes de salir, exhaustos, satisfechos y a la vez relajados. En la calle podía verse todavía la hilera de chicas esperando sus clientes, delante de la Universidad los skaters rivalizaban para mejorar sus malabarismos, mientras un joven subsahariano mostraba su mercancía atento a cualquier nueva señal de alarma.
Autor: Joan