Los encuentros con mi nueva pareja, Joan, se habían convertido en una especie de juego. De momento teníamos decidido no mezclar nuestras vidas privadas; cada uno haría lo suyo sin necesidad de tener que dar explicación alguna, pero procurando gozar al máximo de los momentos en que estuviéramos juntos. Y nos lo pasamos francamente bien, la verdad. Para nosotros la relación es un juego: jugar con nuestros cuerpos sin tener que pensar más allá ni darle mayor trascendencia.
También nos lo tomamos como un juego en el que se trata de ir superando nuevos retos. Ayer le propuse que cenáramos en el Port Olímpic, advirtiéndole que la cena tendría sorpresa incluida. Lo cierto es que ni yo misma tenia claro en qué consistiría la sorpresa, o por lo menos desconocía el resultado de la misma. Ya sé que Joan no es celoso, pero quería comprobarlo.
Nos habíamos encontrado a las ocho en la plazuela de siempre. Yo llevaba ropa descaradamente provocativa, una falda exageradamente corta como no tengo por costumbre llevar, con unos zapatos de tacón alto para realzar mejor mis piernas, y un top que mostraba más de lo que cubría. Para rematar la faena, me había pintado más de la cuenta, adrede para llamar la atención. Y con él seguro que funcionó, porque en cuanto me vio exclamó: “guauuu, pero a dónde así, muñeca?”. Si expresión no sé si era una mezcla de admiración i de deseo pero también de reprobación. Fue necesario aclarar en seguida que la sorpresa no era esa, sino lo que le pediría al terminar la cena.
No teníamos mesa reservada, pero había sitio de sobras. Escogí una mesa situada en la parte exterior de la terraza. Le dije que me gustaba ver la gente que paseaba, pero creo ya entendió que lo que quería era que me vieran a mi. Fue una cena agradable, hablamos un poco de todo menos de la sorpresa que le tenía reservada.
Mientras hablábamos entre bocado y copa de vino, iba estudiando las posiciones que más podían llamar la atención. A pesar de que, tal y como iba vestida difícilmente podía tener calor, sacudía con frecuencia la diminuta pieza de ropa como si quisiera remover el aire, mostrando así un poco más los pechos, y aprovechaba para tocarme suavemente con la mano en un gesto sensual. Abría mis piernas de manera que los transeúntes que venían de los muelles podían obtener buenas vistas de mi entrepierna, y estoy convencida que estaba a su alcance el color blanco de mis braguitas. Me percaté que más de uno y más de dos repetían disimuladamente el recorrido para no perderse detalle del espectáculo que les ofrecía. Incluso les sonreí para darles a entender que me había dado cuenta de su acción. Joan, de vez en cuando, en un tono divertido i aceptando mi actitud juguetona me comentaba la elección visual que hacía de mis presas. algunas le parecían mejor que otras.
Un hombre mayor, que debía pasar de los cincuenta, había tomado posición unos metros más allá, bajo una palmera, desde donde seguramente obtenía mejores vistas; a poca distancia unos jóvenes se habían detenido y por las miradas que me lanzaban estoy convencida de que hablaban de mi, o de mi cuerpo que no es exactamente lo mismo; mientras un joven de mediana edad repetía el trayecto una y otra vez, nervioso quizás por temor a ser descubierto.
Fue el momento oportuno para hacerle la propuesta a Joan. Él tendría que irse y volver cuando creyera oportuno para salvarme de un asedio más que previsible. Enseguida entendió el juego y no puso objeción alguna. Se levantó, me propinó un beso cargado de pasión pero que yo interpreté que també me insinuaba un “ya veremos luego”, y se marchó.
Me encontraba sola, con un vestido y una pose que era una provocación en toda regla, y una pequeña prole de voyeurs que va crecía por momentos. No se atrevían a dar el paso, pero ahora sin acompañante me miraban con todo descaro. Yo les devolvía la mirada con una sonrisa, me ajustaba el top para remarcar la voluptuosidad de mis pechos, a veces me los acariciaba para que pudiesen imaginar que los tenían a su alcance, movía y cruzaba las piernas imitando una escena erótica de película, y acababa saboreando con fruición el sorbete de limón que tenía enfrente.
Escribí sobre el mantel una primera hipótesis: sería el viejo quien haría el primer paso por acercarse, pero a no ser que no se lo pusiera muy fácil no pasaría de aquí; los más jóvenes en ningún caso es moverían y se largarían en cuanto alguien se sentara en mi mesa; tendría que otro perfil el que realmente osara traspasar la barrera inexistente, que tampoco era el del hombre de mediana edad excesivamente tímido, probablemente casado, que llevaba su tiempo dando vueltas por allí.
Y así fue: el hombre mayor se levantó y se dirigió hacia mí, dándome un buen repaso de arriba abajo, y tal vez más de abajo que de arriba, pero pasó de largo. Probablemente tuvo miedo a que viniera mi acompañante, ya que no había visto con anterioridad. Al fin pude ver la presa ideal: debía tener unos treinta años, unos andares llenos de arrogancia, pantalones ajustados y camisa también negra un poco abierta. Pronto fijó su mirada en mí, y yo se la aguanté con el mismo temple. A medida que se acercaba yo hacía ligeros movimientos con la cabeza como fuera yo quien lo estuviera repasando a él. Me sonrió y yo le devolví el gesto, a la vez que tomaba de nuevo el sorbete de limón para poder insinuar mi lengua entre los labios.
- ¿Estás sola? – me dijo, parándose frente a la mesa, pero dispuesto a sentarse.
- ¿Parece que sí, no? – respondí con cierta ironía.

Yo misma le ofrecí la silla que tenía al lado, y él no desaprovechó la ocasión, a pesar que estaba dispuesto a sentarse en la que había al otro lado de la mesa. Apenas si había dicho cuatro palabras sobre qué hacía una chica como yo, sola, en un lugar como aquél, y sobre la bondad del tiempo de buen aprovechar, que ya tenía un brazo encima del respaldo de mi silla, sin tocarme aún, y con la otra mano gesticulaba procurando darme pequeños toques en los muslos como si fuera de forma accidental.
Yo procuraba hablar lo mínimo, con respuestas siempre imprecisas pero abiertas a posibles interpretaciones. Me fijé en sus pantalones para darme cuenta que el hombre se estaba excitando por momentos, hasta el extremo de tener que hacer un movimiento con los dedos por encima de la ropa supongo que para acomodar mejor su polla que debía encontrarse incómodamente aprisionada. Usaba una colonia potente, con0 personalidad, que no llegué a identificar, pero que se me hizo mucho más perceptible cuando se acercó para decirme en voz baja que “estaba muy buena”. El brazo que se sostenía en el respaldo de mi silla se dejó caer sobre mi espalda y con la mano me estrujaba por el otro lado. Un escalofrío especial recorrió mi cuerpo que el aprovechó, rápido de reflejos, para abrazarme con más fuerza preguntándome si tenía frío. Sus manos eran cálidas, una sobre las espaldas y la otra iniciando un recorrido por mis muslos, pero el verdadero calor lo sentía yo por dentro.
- ¿Pero, qué haces? – dije yo fingiendo un cierto enojo – En cualquier momento puede venir mi prometido…!
El hombre interpretó, pues, que era más una cuestión de mantenerse en alerta que de tener prohibido continuar con su manoteo.
- ¿Y te ha dejado aquí sola? – replicó en tono desafiante, reivindicando su derecho a ocupar una plaza vacante.
No me dio tiempo a responder. Cogió mi cabeza con las dos manos y me propinó una brutal morreada que yo inicialmente rehusé cerrando los labios, pero que pronto cedieron permitiendo la fogosa entrada de su lengua. Le respondí con la misma moneda, posando además mi mano sobre su pecho en busca de una rendija por donde adentrarme. Su mano bajo de la cara al cuello y de aquí hasta la base de mis pechos que estrujó sin reservas ni pudor.
- ¡Estamos en plena calle! – exclamé en un momento de respiro.
- ¿Prefieres que vayamos a algún otro sitio? – saltó de inmediato, ganando de nuevo la partida.
Esta vez fui yo quien no le dio tiempo a pensar una respuesta, abalanzándome sobre él y aplastando mis labios sobre los suyos. Pronto nos olvidamos de dónde nos encontrábamos, en plena calle, y agradecí los dedos que ganándose paso entre mis braguitas hurgaron en mi interior, convertido ya en un río de flujos incontrolable. No me atreví a poner mi mano sobre su paquete, y mi limitaba a reseguir su cuerpo desde los muslos hasta el torso, procurando un breve contacte, sólo de pasada, sobre su sexo.
Me estaba encendiendo por mi adentros, más aún cuando, diestramente acertaba a estimular mi clítoris en un ágil movimiento de sus dedos, cada véz más fuerte. De forma inconsciente yo misma introduje mi mano en el generoso escote para pellizcarme los pezones, erectos por la excitación, que reclamaban ser chupados y sorbidos por una boca ardiente.
La visión de Joan sentado justo donde unos minutos antes había el hombre mayor observándonos, me hizo despertar y decidí que el juego se había terminado.
- ¡Mi prometido! ¡Corre …! – grité en su oreja deshaciéndome de su abrazo.
Del susto quedó paralizado, y la que corrí fui yo hacia donde estaba Joan que no podía contener la risa. Me encerró en sus brazos mientras me susurraba “estás loca, estás loca!”. Nos largamos corriendo hacia mi casa donde nos esperaba una noche realmente loca, deseosa como nunca de ver satisfechos los ardores que me había provocado aquel desconocido, a quien aún pudimos ver de lejos sentado en la mesa ante el camarero que probablemente le reclamaba la cuenta de la cena.