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ENSARTADA EN PLENA CALLE

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Puntualmente pasaba por delante de la tienda, cada día poco después de la 1 del mediodía y de las siete de la tarde. Seguramente trabajaba por allí cerca. Era un chico con buena planta, apuesto y sobretodo con un culo como nos gusta a las mujeres, o al menos como me gusta a mí: firme, redondeado y bien definido. A veces jugaba a imaginarme cómo debía ser, si tenia novia y qué tal podía resultar como amante. Se había convertido en mi galán virtual. Bueno, tampoco es que fuera virtual del todo, porque era de carne y huesos, y cada día pasaba ante mis narices aunque él no me viera.

 
Ayer, sin embargo, se deshizo la virtualidad. Lo vi pasar, quizás algo más cabizbajo de lo habitual, con cara de preocupación, incluso se le notaba más inseguro en su andar. Como si no tuviera dónde ir fue a sentarse en un banco de la plazuela, muy cerca de aquí. Y no sé lo que me pasó, pero fue algo instintivo. Tomé el primer libro que encontré y fui a sentarme a su lado.
 
No fue difícil entablar conversación, y enseguida supe que lo había cazado. Al poco rato ya lo tenía acorralado en la entrada de una casa abandonada donde le propiné una chupada de campeonato. Ni él ni yo misma tuvimos tiempo de darnos cuenta de lo que pasaba, sin preámbulos ni caricias previas, Engullí su polla con tal avidez que ahora mismo no sabría decir ni como era; algo gorda, eso sí. Quise no darle tiempo ni a reaccionar, aunque luego tuviera que aliviar mis ardores masturbándome sola en casa como una posesa. Él se me rindió pronto, tal vez porque no daba crédito a lo que le sucedía y todo le debía parecer un espejismo. Sin esperar a que se recompusiera la ropa me despedí de él con una simple presentación: “Encantada de conocerte. Mi nombre es Carla”.
No sabía ni cómo se llamaba, pero hoy quería que fuera él el que se me presentara. Esperé a que pasara sentada en el mismo banco de la plazuela, con otro libro en la mano. Fue puntual a la cita, aunque él no lo supiera ni esperaba encontrarme. Debió darse cuenta de que en realidad no leía sino que estaba atenta a su llegada.
 
-          ¿Puedo ver la portada? – empezó, sin más, en un tono jocoso que ponía de manifiesto que había entendido mi juego.
-          ¿La portada o el interior? – dije yo mostrándole el título del libro – Se trata de una recopilación de relatos eróticos.
-          Conozco el libro, sí. Y me gustó. Creo que da en el punto justo de erotismo y de buen gusto.
-          Bueno, eso de los gustos siempre es discutible… igual si son contados que si son experimentados en vivo. Y esos últimos son de mejor paladear.
-          Me sorprendió mucho, lo que ocurrió ayer – dijo cortando el flirteo y con intención de pedir explicaciones.
-          Pero, ¿estuvo bien o no?
-          Sí, claro. Pero te fuiste sin darme tiempo ni para vestirme.
-           Y bien. Imagina que se trataba de una de estas narraciones, como las de este libro. Cuento acabado, cuento que empieza de nuevo. Si apetece, claro.
 
La propuesta no podía ser más explícita. Nos levantamos, sin necesidad de decir nada más. Y empezamos a pasear. Tampoco anduvimos demasiado porque pronto encontramos otro banco para sentarnos. Este era más discreto, en un rincón al inicio del parque, a pesar de que desde allí podía verse igualmente el tráfico de la ciudad y el deambular de la gente hacia uno y otro lado.
 
Primero se sentó él, y me puso a su regazo como si fuera una niña pequeña a la que iban a contar un cuento. Teníamos el libro en la mano, pero igual podíamos inventar nuestra propia historia. En aquella posición, lo más cómodo para mi era abrazarme a él, cosa que hice con toda naturalidad, al mismo tiempo que empezaba a cuchichearme algo en la oreja. No es que dijera nada en concreto, simplemente me hacía cosquillas con la lengua, primero muy lentamente y luego con más decisión. Ello provocó un escalofrío por todo el cuerpo. Con una mano me sostenía por las caderas, ayudándome a mantener el equilibrio, mientras que con la otra acariciaba mis mulos por encima de las faldas largas, de estilo ibicenco, que llevaba. De la oreja pasó al cuello, y del cuello otra vez a la oreja, ahora con pequeños mordiscos en el lóbulo, jugando a arrancarme los pendientes. Al poco rato nos fundíamos en un beso sin contemplaciones, labios y lenguas se buscaban afanosamente a la vez que su mano que subía desde el muslo hasta mi pecho, que empezó a comprimir en un movimiento ágil y excitante.     

  

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Sentada como estaba sobre sus muslos, podía percibir la erección de su sexo golpeándome por debajo. Y no supe responder de otro modo que introduciendo mi lengua en el interior de su boca en un intento de enroscarme con la suya. Me estaba excitando por momentos, pero aquella posición no me permitía demasiados movimientos. Eché la mirada hacia atrás, temiendo que estuviéramos llamando excesivamente la atención, pero no parecía que la gente se inmutara lo más mínimo a excepción de una señora mayor que se había parado cerca de nosotros mirándonos con cara de envidia más que de reprobación. 
 
No sé cómo lo hizo, pero con un rápido gesto me levantó a pulso para colocar mi falda a modo de cortina cubriéndole también a él. Ahora mis muslos descansaban directamente sobre sus pantalones. Retomó con renovada pasión el besuqueo y las caricias que encendían mi cuerpo sobre el suyo ya encendido. Pronto me dí cuenta que actuaba con sigilo para que nadie se percatara que su mano me sobaba los pechos, y decidí facilitarle la faena. Me tumbé más directamente sobre él para que pudiera meter discretamente la mano en mi escote, donde al no haber sujetador encontraría sin dificultad mis pezones endurecidos que pellizcaba con delicadeza.
 
Lo besé de nuevo, quizás más pausadamente, entregada sin reservas. Sacó la mano que hurgaba, incómoda a pesar de todo, en mis pechos para desplazarla al interior de las anchas faldas, pudiendo acariciar la desnudez de mis piernas. Al llegar a la meta de su recorrido interno constató la humedad que empapaba mis braguitas, delatando así el alto grado de excitación en que me encontraba. Como respuesta, hice un pequeño movimiento de caderas para restregarme sobre su miembro que debía estar sufriendo bajo la presión de mi cuerpo. Sus dedos recorrían codiciosos por mi entrepierna, a ciegas pero experimentados, intentando abrirse paso hasta llegar a la cavidad secreta de mi sexo. Cualquiera que hubiera pasado por allí cerca se habría percatado del lujurioso movimiento que se producía debajo de aquellas telas ibicencas que nos protegían.
 
Intenté decirle al oído que era una lástima que nos encontráramos allí, en un espacio público, a la vista de todo el mundo, aunque por el momento sólo la señora mayor parecía interesada en seguir el desenlace de nuestros juegos amorosos. Pero no fue necesario. Ayudándose con ambas manos me levantó lo justo para poder bajarse la cremallera de los pantalones y liberar su polla inquieta y ardiente entre mis muslos. Mi respuesta no podía ser otra que abalanzarme nuevamente hacia él, aferrándome a sus labios en señal de aprobación. Yo misma facilité el movimiento preciso para que me penetrara hasta el fondo.
 
Fue una entrada lenta, tierna, evitando descontrolarnos, con un apasionamiento interior del que sólo fueros testigos nuestros sexos ardientes. Respiré aliviada cuando pude apoyarme nuevamente sobre sus muslos, ensartada por un falo que me llenaba por completo y que empezaba a moverse con delicadeza. Yo presionaba cuanto podía para sentirlo más intensamente. Me sentía llena, me sentía bien. No nos atrevíamos a movernos más de la cuenta; ahora, a pocos metros de dónde nos encontrábamos, se había detenido una pareja de mediana edad con una mirada más que reprobadora. No podían ver nada, más allá de imaginar lo que escondían aquellas prodigiosas faldas ibicencas, i lo que insinuaban nuestras miradas de placer contenido. Noté que él aceleraba la respiración y a mi me vino un temblor que partía de mi sexo y se expandía por todo mi cuerpo, como una corriente eléctrica que acababa explosionando en mi cabeza.

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Se me escapó un “sííí…” largo y profundo, fácilmente audible por nuestros improvisados espectadores, y percibí un ardor intenso que inundaba mi interior. 
 
La pareja de mediana edad dio media vuelta, imagino que renegando por vete a saber qué indecencias imaginadas. La señora mayor creo que habría aplaudido si no fuera porque llevaba el bastón en una mano y el bolso en la otra. El me besó de nuevo y me dijo:


- Hola, mi nombre es Joan

COMENTARIOS
Evo Morales | 9/11/2008 7:38:39 PM
Este sí que es un auténtico AVEN, PUA o puto amo alfa!!!!! http://www.youtube.com/watch?v=HjovT65CW3M
Ivo Palazzi | 9/10/2008 3:06:39 PM
Que articulo más bueno...a veces palabras como estan que dan rienda suelta a la imaginación ponen mucho más que una pelicula porno protagonizada por Whilly :P
Evo Morales | 9/11/2008 7:38:39 PM
Este sí que es un auténtico AVEN, PUA o puto amo alfa!!!!! http://www.youtube.com/watch?v=HjovT65CW3M
Ivo Palazzi | 9/10/2008 3:06:39 PM
Que articulo más bueno...a veces palabras como estan que dan rienda suelta a la imaginación ponen mucho más que una pelicula porno protagonizada por Whilly :P
| 10/29/2009 4:10:06 PM
hola guarrilla me llamo roman
| 10/29/2009 4:10:15 PM
hola guarrilla me llamo roman
| 5/8/2010 12:38:24 AM
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