Carla y Joan son dos jóvenes catalanes, que nos contaran con sus artículos sus aventuras, sus vivencias, sus impactantes historias y relatos, todos escritos desde una perspectiva bien sensual, picante y sexual, como son ellos…Sus relatos son reales, divertidos de leer, amenos en los que todos descubriremos las experiencias de estos dos jóvenes. Aquí os dejo el primer relato, el inicio de todo, como se conocieron Carla y Joan:
DESCUBRIENDO A CARLA

Aquel día terminé el trabajo un poco antes de lo habitual. Las cosas no me habían ido demasiado bien que digamos: unos clientes faltaron a la cita, otros al final se echaron atrás cuando parecía que teníamos bien cerrada la operación, y en la oficina se respiraba un ambiente de perros. Como si yo tuviera la culpa de ello.
Salí con pocos ánimos para ir a ninguna parte, y me quedé sentado en un banco de la plazuela, cercana a la oficina. Había mucha gente deambulando en todas direcciones, pero yo no paraba atención a nadie ni a nada en concreto. Creo que llegué a dormirme por unos instantes. Lo cierto es que al poco rato me apercibí que había alguien a mi lado. El banco era lo suficientemente grande, pero se había sentado justo a mi lado. Leía un libro: El Perfume, de Patrick Süskind. La verdad es que me fijé primero en la portada del libro, antes que en la cara de la chica que lo leía. Era una chica joven, quizás más joven que yo, veinteañera.
- ¿Te interesa el libro o la chica de la portada? – me soltó ella de improvisto, imaginando que tenía la mirada perdida en la imagen de la joven abatida o medio dormida que mostraba impúdicamente los pechos.
- No, no. – Respondí algo sobresaltado y un poco avergonzado – El libro ya lo he leído.
- ¿Y qué te pareció?
- Bien. La historia algo exagerada,. Pero me cautivó la idea de la persona que se ve impelida a hacer una determinada acción, sin saber demasiado porqué ni con qué finalidad.
- ¿Te ocurre con frecuencia eso de dejarte llevar por el instinto? – preguntó ella, ahora con un tono más amable, e incluso algo coqueto.
- A veces. Pero hoy he tenido un mal día. Sería uno de esos días para dejarme llevar por cualquiera, a cualquier parte.
Noté que la chica se había acercado un poco más, hasta el punto que según qué movimientos hacíamos nuestras rodillas se rozaban levemente.
- ¿Y qué crees que podrías esperar, sentado en este banco? – continuó ella.
- Que una chica maja como tú me aguante el rollo.
Me salió así, sin intención alguna, pensando quizás en la idea de alguien que me diera conversación. Pero no sé si ella lo entendió de la misma manera.
- ¿Aquí? ¿Qué te parece si paseamos un poco? Si tienes tiempo, claro. Y si te apetece...
No me lo pensé dos veces. Tampoco tenia claro cuáles eran sus intenciones, pero tal como había dicho me dejaría llevar. Desde el primer momento noté que ella me tomaba por la cintura. Primero muy suavemente, como si sólo quisiera conducirme con su gesto. Luego, su mano se aferró a mi cuerpo provocándome un leve cosquilleo. Empezamos hablando del libro, y de ahí saltamos a otros temas intrascendentes. De vez en cuando, se paraba como si quisiera concentrarse para poder explicarme alguna cosa con más detenimiento, momento que ella aprovechaba para arrimarse hacia mi, restregando su pecho en mi cuerpo.
- ¿Qué te apetecería hacer ahora? – dijo de golpe, y en un tono muy neutro.
- Ahora… pues, no sé. Me gustaría poder cerrar los ojos y esperar.
- ¿Esperar, qué? – insistió ella, quizás deseando una propuesta más explícita.
- Nada, o todo. Depende de quien tuviera a mi lado.
Ella se había detenido y me abrazaba más decididamente. Acercó su cara a la mía y me besó el cuello. Un beso suave, pero intenso y húmedo.
- ¡Ven! – dijo ya más resuelta.
Me empujó hacia el interior del portal de una casa que parecía abandonada y algo sucia. Probablemente no vivía nadie allí. En cuanto hubo cerrado la puerta, me arrimó a la pared diciendo:
- Cierra los ojos y no digas nada.
Justo en el momento de cerrarlos aún tuve tiempo para ver como se acercaba hacia mí. Tenía una cara de facciones juveniles, algo caprichosa, de nariz pequeña y ojos grandes. Empezó besándome el cuello; eran unos besos cortos y seguidos hasta convertirse en unos lametones que pronto surgieron su efecto. Tuve que respirar hondo y contenerme, ya que había prometido dejarla hacer a su aire. Un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja acabó de despertar mis sentidos. Y mi sexo. Ella debió darse cuenta porque sin dejar de besarme empezó a recorrer mi cuerpo con sus manos, por encima de la ropa. Primero el pecho, luego bajó por la cintura y se aferró con fuerza a mis nalgas para volver hacia delante a través de mis muslos y rehacer el camino ascendente sin llegar a rozar mi sexo.

Sus labios encajaron con los míos. Al principio era una caricia dulce, lo justo para percibir su sabor, pero pronto penetró su lengua enzarzándose con la mía en una pelea que se sucedía por todos los rincones. Intenté mantenerme impasible, pero no pude contenerme. Cogí su cabeza con las manos para presionar con más fuerza en aquel beso que me estaba poniendo a cien. Sus manos se dedicaron a desabrochar los primeros botones de la camisa, para lanzarse acto seguido sobre mis reducidos pezones. Lamía y mordía cada vez con más intensidad como una poseída. La situación se estaba descontrolando por momentos, y nos encontrábamos en una entrada desde donde podía verse la gente que pasaba por la calle.
- Dijiste que te gustaría cerrar los ojos y esperar, ¿no? – Dijo la chica con un tono más autoritario – Pues, ciérralos, y esas manos atrás.
Ella misma me puso las manos en la espalda de tal manera que la presión de mi cuerpo las sujetaba a la pared. Me resigné a mantenerme en aquella posición, mientra ella continuaba resiguiendo mi cuerpo hasta que una mano se detuvo sobre mi sexo. Sentía con más fuerza la presión de mi polla que ansiaba salir, comprimida bajo la ropa. La acarició primero con los dedos suavemente, pero luego arrimó todo su cuerpo. Se movía cada vez más excitada como si la estuviera penetrando, restregando sus pechos sobre los míos.
Con una habilidad que no acostumbramos a tener los hombres, me bajó la cremallera de los pantalones e introdujo la mano, ávida de acariciarme sin tener la ropa de por medio. Enseguida noté sus dedos agarrando indistintamente mi polla y mis huevos. La respiración se me hacía más profunda, y sentí un ardor en mi interior que ascendía desde el sexo hasta mi cabeza. Al fin liberó mi falo y se puso a lamerlo de arriba a abajo, mientras lo descapullaba. Acto seguido, saboreó el glande con asombrosa glotonería como si se tratara de un helado de fresa. En un momento se lo tragaba entero y lo volvía a sacar para reseguir con sus labios el tronco en toda su longitud, que debió de haber enrojecido por la tensión. Con una mano apretaba mis huevos y jugaba con ellos, mientras que con la otra sostenía con fuerza la polla para asegurarse que podía engullirlo y manejarlo a su antojo. De vez en cuando succionaba frenéticamente en un intento desesperado por extraer antes de tiempo todas mis esencias, o la sacudía violentamente golpeándose en los labios y en la cara. Aunque no la veía, era evidente que su estado de excitación no se alejaba demasiado del mío. Me ardía la cabeza, mi cuerpo se estremecía y sentía mi sexo a punto de estallar. Friccionaba con la mano, incrementando la rapidez mientras oía sus gemidos que sonaban como gritos "¡ahora, ahora…!" Hasta que no pude más, y me solté sintiendo como un flujo interior emanaba a través de mi sexo, liberándome de una presión que se me había hecho maravillosamente insostenible.
Abrí los ojos, y ella estaba allí, aún de rodillas como una gatita satisfecha sosteniendo mi polla con una mano y con la otra dentro de sus braguitas intentando apaciguar sus ardores. Se levantó, me miró con dulzura y me besó de nuevo los labios.
- Encantada de conocerte. Mi nombre es Carla.